LA VENDEDORA DE TOMATES

Robin Williams era un actor que me encantaba. Me provocó mucha tristeza su muerte. 

¿Te acuerdas de él?

Era uno de los grandes. Tenía magia. Era de esas personas brillantes que transmitían profunda tristeza y ternura infinita a la vez. Siempre que lo veía me daban ganas de darle un abrazo. Descanse en paz. 

Bueno, pues hace unos días vi una de sus pelis. Este confinamiento se hace más agradable gracias al cine. En uno de los momentos de la peli, Robin decía: “Nosotros escogemos a quién dejamos entrar en nuestro mundo”. 

En ese momento se me disparó una alerta que siempre se me dispara cuando algo que llevo pensando hace días, de repente, encuentra el camino para materializarse. Es la magia de la creatividad. Robin sabía un montón de eso.

Hacía días que quería hablaros de un tema y no sabía cómo hacerlo y gracias a esa frase de cine lo vi claro. Cogí mi libreta de las ideas y empecé a escribir un cuento: «La vendedora de tomates». Había encontrado la forma de comunicaros lo que me bailaba en la cabeza desde que entré en el mundo de las redes sociales. Espero haber sido capaz de explicarme bien y espero que te guste.

Alicia era vendedora de tomates. Le encantaban los tomates. Iba de pueblo en pueblo con su parada de tomates. Cuando llegaba a la plaza del pueblo que tocase ese día, plantaba su parada. Era la más bonita del mercado. 

Llevaba años vendiendo tomates. Los había visto de muchos colores. Los vendía verdes para ensalada, de colgar para untar el pan, en forma de pera, Montserrat, maduros, kumatos, de todo tipo.

Le encantaba el olor de los tomates, su color, su forma. Los hacía lucir en su parada para que todas las personas que pasasen se parasen a admirarlos. Los colocaba cuidadosamente, les pasaba un paño para que reluciesen, los mimaba cuanto podía.

Un día, Alicia empezó a sentir que le faltaba algo. Le encantaban los tomates pero necesitaba algo más. 

Una mañana, en uno de los pueblos, un día de mercado, recibió a uno de los campesinos que le proporcionaba los tomates que ella vendía. De repente, su rostro se iluminó. Había descubierto su nueva vocación: quería ser cultivadora de tomates. 

Su madre, que era una mujer sabia, le aconsejó que fuese primero a la escuela de agricultura para aprender a cultivar tomates. Que quizá cultivar tomates sería diferente a venderlos, pero Alicia estaba decidida. 

Al día siguiente, fue en busca del campesino y le pidió que le alquilase unas tierras,  que ella quería cultivar tomates. El campesino le advirtió de que era un trabajo duro y le hizo algunas preguntas:

– Pero a ver, chiquilla, ¿tú sabes cómo se cultivan los tomates? ¿Cuándo es la siembra? ¿Qué tipo de cuidados requieren? ¿Cuándo se recogen? ¿Cómo se recogen? ¿Cómo se transportan? ¿Sabes algo acerca de tomates?

Alicia le dijo que ella llevaba muchos años vendiendo tomates, que le encantaban y que había encontrado su vocación: cultivar tomates. Entonces, el campesino, entendiendo su pasión, le propuso que fuese a la escuela de agricultura para que le enseñaran a cultivar tomates.

Pero Alicia estaba decidida a hacerlo cuanto antes. ¡En la escuela de agricultura debía pasar 4 años! Así que le dijo al campesino que no necesitaba sus consejos y se fue.

Unos días después, Alicia había conseguido alquilar unas tierras y, con ayuda de Google, había leído mucho acerca de cultivar tomates. Creía saberlo todo sobre ellos.

Entonces, empezó a cultivar las tierras que había alquilado. Le dedicaba algunas horas al día. Se esforzaba, hacía cuanto ella creía que debía hacer con la ayuda de internet y algunos libros sobre el cultivo de tomates. Pero pasaban las semanas y sus tomateras avanzaban lentamente. Algunas se podrían. Otras tenían bichos. Algunas parecían salir adelante, pero los tomates no eran muy apetecibles. 

Un día, fue a ver los cultivos del campesino. Vio que sus tomateras estaban bien hermosas. Tenían un aspecto fabuloso. Decidió esconderse, y quedarse a mirar cómo trabajaba el campesino sus tomateras. Se sorprendió al ver que muchas de las cosas que el campesino hacía no tenían significado para ella. Nunca había pensado en ellas. No podía comprender la situación. 

Entonces volvió a sus tierras e intentó imitar lo que había visto que hacía el campesino, pero sin buen resultado. A pesar de ello, volvió varios días a observar cómo el campesino cuidaba y recogía sus tomates, que estaban estupendos.

Entonces, un día, el campesino se acercó a ella. Alicia intentó esconderse, pero era demasiado tarde. El campesino la había visto llegar y llevaba todo el día trabajando sabiendo que ella miraba.

Cuando estuvo frente a ella le dijo:

– Querida niña, llevas muchos días viéndome trabajar. ¿Cómo están tus tomates?

Alicia, desesperada, le dijo que estaban mal. Que no habían crecido apenas, que estaban llenos de bichos y que no entendía nada porque llevaba muchos días haciendo lo mismo que hacía el campesino sin obtener resultados.

Entonces el campesino, que era anciano ya, la miró y le dijo:

– Ay, pequeña vendedora de tomates. Ahora has aprendido que con ver tomates todos los días no tienes por qué saber cultivarlos. Los tomates son delicados, necesitan mucho mimo y una mano experta que sepa qué hacer en cada momento. Ahora nadie querrá comprar tus tomates porque no te tomaste el tiempo de aprender a cultivarlos.

Después de aquello, Alicia, derrotada, volvió a casa de su madre y le explicó lo sucedido. Nunca más volvió a cultivar tomates y decidió volver al mercado. Esta vez vendería cebollas. Cuando llevaba varios años vendiendo cebollas, sintió que necesitaba más. Vio venir al campesino que le vendía las cebollas y, entonces, lo vio claro…

Años después el campesino entró en una librería. Se quedó atónito frente a una de las estanterías. En el estante de libros más vendidos se topó con la foto de Alicia sobre la portada de uno de los libros más vendidos de la época: «El verdadero sentido de cultivar hortalizas. Encuentra tu hortaliza ideal». El campesino se llevó las manos a la cabeza, compró su libro y regresó a sus tierras, donde siguió cultivando tomates hermosos para siempre*. 

En lo que concierne al acompañamiento de personas es importante que no te vendan tomates. Cuidado con las personas que creen estar preparadas para acompañar procesos humanos. Leer mucho sobre diversas disciplinas no te convierte en profesional del acompañamiento de personas o de la relación de ayuda.

Es importante que elijas bien porque no es cosa de broma. Las vidas de las personas son sagradas, y no todas las personas que creen serlo están preparadas.

Pueden ser buenas personas y no tener mala intención, pero en lo referente al acompañamiento de personas, seguirán siendo vendedoras de tomates, quizá excelentes, pero no serán cultivadoras de tomates.

Infórmate y déjate aconsejar por profesionales (de la psicología, la pedagogía, la psicopedagogía, la educación social…). Profesionales que se han formado para acompañar personas en procesos de cambio cada una en su especialidad y con sus características concretas.

Busca la ayuda que realmente necesitas y evitarás consecuencias desafortunadas. Y si no sabes lo que necesitas, déjate asesorar por profesionales en las que confías y que podrán derivarte al servicio que necesites. Tienes esa opción, aprovéchala.

Te dejo aquí un artículo de Susana Fuster que habla del efecto Dunning-Kruger, entre otras cosas interesantísimas. Ahí verás que hasta lo que hizo la Alicia de nuestro cuento, tiene un nombre.

Nunca está de más tenerlo presente. Las redes sociales son un gran pozo sin fondo de personas diversas. Investiga de dónde viene el agua antes de beber de la fuente.

Escoge bien a quién dejas entrar en tu mundo. Las personas no somos tomates. 

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*Final por sugerencia de Minka. Gracias guapa. 

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