La adolescencia no es una enfermedad…

… es sana y merece que le demos el valor que le corresponde.

La adolescencia es una etapa maravillosa de la vida. Es un momento lleno de oportunidades, emociones intensas y descubrimientos estimulantes. Es nuestro camino de transición hacia una vida adulta plena y consciente. O, al menos, debería serlo.

Sin embargo, la mayoría de inputs que recibimos sobre esta etapa están cargados de connotaciones negativas. Muchas personas adultas temen la adolescencia. La sociedad la menosprecia. Se habla de ella como enfermedad. Se lanzan mensajes desesperanzadores para las personas adolescentes. Se juzgan constantemente sus formas de actuar. No se destinan recursos suficientes para acompañarlas adecuadamente.

Resulta curioso cómo, tras habernos esforzado acompañando a las personas durante su infancia, cuando llega la adolescencia reducimos la atención y esperamos que, por arte de magia, las personas se comporten como adultas y tomen las decisiones adecuadas. Confiamos en que las bases que hemos sentado durante la infancia sean suficientes, nos encomendamos a la suerte y deseamos que esta etapa pase rápido y sin demasiado dolor.

Cuando las cosas se ponen feas, cuando no sabemos cómo relacionarnos con las personas adolescentes de nuestro entorno, cuando nos vemos superadas por la intensidad de sus conductas, nos desesperamos y, si no estamos atentas, podemos tratarlas mal.

 

«Las conductas adolescentes son naturales, son resultado de los cambios que experimenta el cerebro durante la adolescencia».

Las exigencias de la vida adulta requieren de toda nuestra atención. No podemos estar por las tonterías adolescentes. No tenemos tiempo. Tenemos problemas reales. En nuestra desesperación adulta podemos subestimar que las adolescentes están en pleno desarrollo. Podemos ignorar que su cerebro todavía no está configurado completamente. Podemos dejar de percibir que nos necesitan. 

En el transcurso de hacernos adultas podemos enterrar el recuerdo de que un día nosotras también pasamos por allí. De que cada una sobrevivió como pudo. De que cada una aprendió sus lecciones sin que, quizá, nadie estuviese allí para acompañarnos a elaborar las experiencias de nuestra vida adolescente.

Escondemos en algún lugar remoto de nuestra mente lo que sentimos en la adolescencia. Las experiencias que nos dolieron y nos moldearon. Las que tuvieron malas consecuencias que tuvimos que afrontar. Las que nos marcaron una dirección que no era la soñada. 

Como adultas, aprendemos a sobrevivir con todas esas consecuencias y hacemos de nuestra capa un sayo para seguir con la vida porque, a pesar de todo, la vida sigue. Aunque de alguna forma sabemos que, quizá, si hubiésemos recibido una buena atención en ese complejo y maravilloso momento de la vida, algunas cosas se hubiesen resuelto de forma diferente. 

Es importante que prestemos a la adolescencia la atención necesaria. El método del Acompañamiento Prudente, consiste en prestar a la adolescencia una atención consciente, activa, positiva y basada en la distancia, muy distinta de la que se da a la infancia. Así como aprendemos a cuidar a las personas en su infancia, vale la pena aprender a atenderlas también durante su adolescencia. 

Todas las características de la adolescencia son maravillosas oportunidades para que las personas mantengan la ilusión durante el resto de su vida; construyan relaciones significativas de apoyo con su familia y sus amistades; potencien su autoconocimiento y autoestima; descubran y desarrollen al máximo sus habilidades; conozcan cómo se organiza el mundo en el que viven; tengan una relación sana con su cuerpo; aprendan a gestionar sus emociones y, en definitiva, disfruten como adultas de la mejor vida que puedan tener. 

La adolescencia nos da la posibilidad de descubrirnos, reorientarnos y fortalecernos para SER, con todo lo que podemos aportar al mundo, para aprender a disfrutar al máximo de esta aventura incierta que es la vida. Así de valiosa es esta etapa del ciclo vital.

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